viernes, 21 de junio de 2019

Mi primera novia de verdad

Mi primera novia de verdad se llamaba Nana. Nos queríamos mucho y muy castamente. Teníamos 15 años y nuestro romance no consiguió aguantar el envite que supuso para la pareja el que yo al poco tiempo abandonase Lugo para irme a estudiar a Madrid. Diariamente y antes de que diesen las diez la acompañaba hasta su casa en la Ronda, pero la dejaba siempre antes de llegar al portal. Teníamos miedo de que nos viese su hermano, Carlos, unos cuantos años mayor que ella, policía y guardián del buen orden familiar. Vivían en una casa estrechita de tres plantas, cerca de la Puerta de San Pedro. Un beso pudoroso nos despedía en la esquina, donde estaba el bar Lugo, un lugar de tertulia frecuentado por artistas e intelectuales locales. En aquel entonces todavía había muchas casas adosadas a la muralla romana. Tendrían que transcurrir unos cuantos años antes de que la operación Muralla Limpia consiguiese liberar definitivamente el magnífico monumento romano lucense de las edificaciones que habían crecido a su costa. Hoy se ha puesto delante de mí esta foto del año 1972, en la que se aprecia el derribo de la casa de Nana, mi primera novia de verdad.

viernes, 24 de mayo de 2019

Creo que hoy me he hecho mayor

Uno puede estar convencido, incluso acercándose a los setenta, de que el reloj del tiempo nos engaña, que no habiendo demasiadas limitaciones uno no es mayor mientras disponga de un espíritu joven y que lo que te mantiene vivo son las ganas de vivir. No eres viejo mientras te sorprendas. No eres viejo mientras te despierte la curiosidad. Eso es realmente lo que importa y no las velas que se tengan que soplar en el próximo aniversario ni los años que registre tu carnet. La edad es una anécdota. En el fondo, y a pesar de la tozudez del calendario, tú sigues siendo adolescente porque sigues disfrutando de las cosas como si las descubrieras por primera vez.
Esa es la clave. Es verdad. No puedes ser mayor cuando te emociona la luna o un atardecer, cuando te sigues enamorando párvulamente de una mirada cómplice, cuando no quieres que se advierta esa sonrisa traviesa que aflora a tu rostro si de repente te sorprende la lluvia en  la calle, o cuando notas el escalofrío que te recorre la espalda tras el contacto cálido con una mano amiga.
Pero todo eso se aparta, se encoge, se pierde si un día tal como hoy se te pasa por la cabeza que el infinito tiene fecha de caducidad, que sin hacer grandes cosas ya no tienes suficiente tiempo libre para hacer todo lo que quieres. Hoy me he dado cuenta de que se me ha pasado el tiempo en el que el tiempo no contaba. Hoy creo que me he hecho mayor.

sábado, 27 de abril de 2019

Las Hurdes de Buñuel

En la 2, Las Hurdes, tierra sin pan, un documental de 1933 tan vergonzante como sincero, que levantó muchos dedos amenazantes contra Buñuel en su día. Considerada una de las mejores películas documentales de la historia del cine, incluso hoy siguen vociferando gentes ofendidas con las formas y los fondos del reportaje. El gran pecado imperdonable del aragonés es haber recreado situaciones dramáticas para transmitir una realidad indigerible por el hecho de ser cruda. Es cierto que la película de Buñuel entraba en conflicto con la imagen de la España rural que entonces se quería dar, pero también es evidente que no se pretendía desvirtuar la realidad. La única intención evidente del film era denunciar el abandono en el que se encontraba entonces la comarca de Las Hurdes y, en contra de lo que piensan todavía muchos hurdanos, la película le ha hecho bien a la región, la ha dado a conocer al mundo, ha conseguido que se la tuviese en consideración y ha hecho que mucha gente acuda a visitarla. No gusta pero no tiene porque ser malo airear nuestras vergüenzas. 

jueves, 25 de abril de 2019

Elecciones a cara perro

Hay algo en esta campaña plagada de locuras que me resulta divertido. Antes, en los mítines callejeros se magnificaban a voces los logros partidarios y se vendían por lotes a bajo coste un surtido de promesas imposibles, con el propósito de arañar votos indecisos. Hoy, en las plataformas multimedia, se defienden con ladridos televisados los intratables territorios electorales de los contendientes. El PP remarca las lindes de su campo con nuevas meadas a derecha e izquierda para que Vox y Ciudadanos ahuyenten tendencias pecaminosas y tengan claros los límites. Rivera enseña amenazante los caninos a Sánchez por haber sobrepasado con los independentistas insumisos la infranqueable línea roja del respeto jurisdiccional, tal como queda recogido en el papiro que desenrolla, a la par que se enzarza cuerpo a cuerpo con Casado para hacerle saber que la posición con futuro es la suya y que no se la deja arrebatar. Sánchez, por si acaso, trata de rehuir la confrontación, se pone de lado y aprovecha para repasar en voz alta los éxitos gubernamentales que todavía no se sabe de memoria. En un respiro de la pelea, el revolucionario chaval de la coleta aprovecha para sacar un librito del bolsillo y leer. No hay que liarse a mordiscos, no hay que perder la compostura, no hay que buscar nuevas metas, ha encontrado la solución. En aquellas páginas está el acuerdo al que llegaron entre todos tiempo atrás aunque no lo recordaban, lo único que hay que hacer es ponerse manos a la obra. Los demás, a regañadientes, agachan la cabeza y se retiran a sus casetas con el rabo entre las piernas.

viernes, 18 de mayo de 2018

Mujeres, paridad e igualdad

Por suerte desde siempre he sentido que hombres y mujeres somos iguales. No he tenido que convencerme. Por eso estoy radicalmente en contra de las diferencias salariales entre géneros y reniego de cualquier forma de abuso o  discriminación sexual.

Aunque en nuestro país exista una legislación igualitaria, por desgracia la realidad dista mucho de serlo. Por eso los gobiernos están obligados a luchar contra la desigualdad cotidiana para erradicarla.

La administración pública tiene la obligación de comprometerse con la igualdad de género y luchar por la erradicación de todas las formas de opresión o de violencia contra la mujer. En consecuencia, tiene que sensibilizar a la sociedad, realizar una adecuada prevención, castigar a los incumplidores y dotar a las mujeres de todos los recursos y medios necesarios para acabar con la discriminación. Pero dudo mucho que el camino más interesante sea la paridad forzada que se promueve últimamente. Suena tan aparente como irreal. Por ejemplo, no creo que las propuestas de listas cremallera para favorecer parlamentos con un 50% de mujeres se basen en el convencimiento de que hombres y mujeres somos iguales. Más bien me sigue pareciendo una postura machista. Igualmente pongo en duda que las grandes multinacionales que anuncian a bombo y platillo su deseo de favorecer la presencia de mujeres en sus equipos directivos, lo hagan con el convencimiento de que esas mujeres aportarán el mejor valor a la empresa. Más bien me inclino a pensar que pretenden apuntarse un tanto de feminismo barato de cara a la galería.


Ser igualitario supone perseguir que parlamentos y consejos de administración estén conformados por las personas más adecuadas, más válidas, más preparadas para ocupar esos puestos, independientemente de que sean hombres o mujeres. Y las mujeres lo son y lo están. Tanto como los hombres.

Si la lógica no me falla demasiado, siguiendo la misma política habría que reivindicar que en las cárceles hubiese el mismo número de presos que de presas o, si la tasa de españoles mayores de 60 años es del 25% también habría que exigir que en las listas al Congreso hubiese una cuarta parte de escaños reservados para la gente de esa edad. Y otro porcentaje que fuese en proporción al número de discapacitados que hay en la sociedad, y otro igual para los emigrantes, y otro para los homosexuales, y otro para que estuviesen representadas las pequeñas y medianas empresas, y otro para los menores de edad, y otro para los vegetarianos, y otro para ....... No. Este no es el concepto de igualdad que yo tengo en la cabeza ni el que siento en lo más profundo de mi ser. Me duelen las mujeres pero no comulgo tampoco con la discriminación positiva. Confío mucho más en ellas y en su capacidad que en el porcentaje matemático y en la paridad. 

miércoles, 25 de octubre de 2017

Mi derecho a la autodeterminación

Desayunamos, comemos y cenamos inmersos en Cataluña, rodeados por todas partes de procés independentista. Antes de abrir los ojos ya estamos empachados de esteladas que se cruzan con banderas españolas y por la noche no nos dejan dormir las imágenes de Puigdemont y Rajoy taladrándonos el cerebro con la locura del 155. Como Jordi Évole y como tantísimos catalanes, estoy deseando levantarme sin sobresaltos, olvidarme de las semanas decisivas y dejar de vivir días históricos para empezar a vivir otra vez días menos trascendentes y estupendos.

Estoy convencido de que en este asunto, como en casi todos, las verdades a medias distorsionan y dificultan la comprensión de la realidad. Y los porrazos, las lágrimas y el fanatismo del 1-O son consecuencia del manoseo subrepticio de un concepto tan cándido como el del derecho a decidir. ¿Tenemos derecho a decidir?

En principio nadie puede estar en desacuerdo con que la gente piense por sí misma y concluya decidiendo lo que le parezca más acertado. Es mensaje ganador. Todo el mundo lo puede comprar. Por eso se ha restregado hasta a saciedad por todas las televisiones europeas el agravio comparativo entre la violencia desatada por las fuerzas del orden y la inocencia de un papel como arma para defenderse de los porrazos, o la candidez de una simple urna enfrentada a la contundente agresividad de una carga policial.  Pero en el fondo es un hábil eufemismo, un truco mediático bien utilizado para lograr un objetivo enmascarando lo que no se quiere dejar ver.

El derecho a la autodeterminación hay que ponerlo encima de la mesa y tenerlo en consideración. Por supuesto. Hay que estudiarlo. Todo merece una reflexión, todo merece un diálogo. Pero por delante ha de anteponerse la obligación de no hacer trampas. Las reglas de juego han de ser las mismas para todos. Habría que saber si después de que Cataluña se independizase, Puigdemont  aceptaría que se hiciese valer el derecho a la autodeterminación por parte de alguna provincia del territorio catalán. ¿O ese derecho no es universal? ¿Es solamente para los catalanes pero no para los  ilerdenses? ¿Hay que dividir la sociedad en colectivos más o menos privilegiados, más o menos afines? ¿Qué pasaría si en las próximas elecciones la provincia de Tarragona votase que quiere seguir siendo española? ¿Podría independizarse de Cataluña? Y más aún, ¿por qué ese derecho no es extrapolable a colectividades menores? ¿Y si pasa lo mismo con una comarca de Barcelona o un pequeño pueblo de Girona? ¿Qué se independicen? ¿O el derecho a la autodeterminación solamente es válido para grandes colectividades?

Sinceramente, me gustaría saber lo que contestaría Puigdemont pero mientras tanto, a mí, en principio no hay quien me quite de la cabeza que esto es una locura. Por eso voy a ejercer mi derecho a la autodeterminación, apago la tele, dejo aparcado el procés y me voy a tomar una caña.

lunes, 7 de noviembre de 2016

En busca del resultado esperado

Estuve haciéndole una visita a mi amigo Ángel en el hospital donde trabaja en la recuperación de un traspiés vital, una de esos golpes bajos del destino de los que cuesta zafarse. Reconozco que me acerqué ya asustado al centro sanitario y que una vez allí me iba encogiendo más y más al dirigirme por aquellos pasillos que irradian solemnidad y huelen a trascendencia hacia un objetivo lleno de interrogantes, al que tienes que aproximarte guiándote por carteles implacables que señalan la dirección  de un destino que impresiona: “Daños cerebrales”.

Posiblemente sea una imperdonable herejía o cuando menos una falta de decoro decir abiertamente que lo encontré muy bien. Pero lo digo. La delicada situación que atraviesa y las enormes limitaciones que condicionan su actualidad no son suficientes para empañar la transparencia de su mirada cristalina ni para desdibujar un ápice su autenticidad. Sigue siendo muy Ángel éste que nos recibe ahora en la silla de ruedas, incluso es más Ángel si cabe, diría yo. Es verdad que solamente articula algunas palabras de difícil interpretación y que tiene una movilidad muy mermada, pero mantiene intacta su insaciable curiosidad, las ganas inacabables de aprender, sigue con la misma inquietud por empaparse con el entorno, continúa interpretando con acierto lo que sucede a su alrededor y reacciona con la misma celeridad que antes a los estímulos sonoros y visuales. Dentro de la seriedad habitual que le caracteriza desde siempre y con las dificultades incuestionables para hacerse entender, tiene golpes expresivos irónicos, derrocha simpatía y sonríe con la misma franqueza de toda la vida.

Las cuatro personas que estábamos con él nos despedíamos al finalizar el tiempo de visita. Sus primos, yo y finalmente su Anita le dimos un abrazo. Él, tras este último, le hizo un gesto con la mano izquierda a Ana para que se acercase y cuando se aproximó para escucharle le dio un beso. Pensamos inicialmente que era eso lo que quería pero, no conforme, volvió a repetir el mismo gesto y ella volvió a acercarse. Esta vez Ángel le plantó un besazo en los morros. Tras el lance, pletórico, miró a las enfermeras primero y después a nosotros, levantó al aire su mano izquierda uniendo el pulgar y el dedo índice en un inequívoca señal de satisfacción por el resultado conseguido y nos dedicó una sonrisa amplia, mirando orgulloso y con cierta chulería torera a los que alrededor de su silla esperábamos expectantes el desenlace de la secuencia.