viernes, 18 de mayo de 2018

Mujeres, paridad e igualdad

Por suerte desde siempre he sentido que hombres y mujeres somos iguales. No he tenido que convencerme. Por eso estoy radicalmente en contra de las diferencias salariales entre géneros y reniego de cualquier forma de abuso o  discriminación sexual.

Aunque en nuestro país exista una legislación igualitaria, por desgracia la realidad dista mucho de serlo. Por eso los gobiernos están obligados a luchar contra la desigualdad cotidiana para erradicarla.

La administración pública tiene la obligación de comprometerse con la igualdad de género y luchar por la erradicación de todas las formas de opresión o de violencia contra la mujer. En consecuencia, tiene que sensibilizar a la sociedad, realizar una adecuada prevención, castigar a los incumplidores y dotar a las mujeres de todos los recursos y medios necesarios para acabar con la discriminación. Pero dudo mucho que el camino más interesante sea la paridad forzada que se promueve últimamente. Suena tan aparente como irreal. Por ejemplo, no creo que las propuestas de listas cremallera para favorecer parlamentos con un 50% de mujeres se basen en el convencimiento de que hombres y mujeres somos iguales. Más bien me sigue pareciendo una postura machista. Igualmente pongo en duda que las grandes multinacionales que anuncian a bombo y platillo su deseo de favorecer la presencia de mujeres en sus equipos directivos, lo hagan con el convencimiento de que esas mujeres aportarán el mejor valor a la empresa. Más bien me inclino a pensar que pretenden apuntarse un tanto de feminismo barato de cara a la galería.


Ser igualitario supone perseguir que parlamentos y consejos de administración estén conformados por las personas más adecuadas, más válidas, más preparadas para ocupar esos puestos, independientemente de que sean hombres o mujeres. Y las mujeres lo son y lo están. Tanto como los hombres.

Si la lógica no me falla demasiado, siguiendo la misma política habría que reivindicar que en las cárceles hubiese el mismo número de presos que de presas o, si la tasa de españoles mayores de 60 años es del 25% también habría que exigir que en las listas al Congreso hubiese una cuarta parte de escaños reservados para la gente de esa edad. Y otro porcentaje que fuese en proporción al número de discapacitados que hay en la sociedad, y otro igual para los emigrantes, y otro para los homosexuales, y otro para que estuviesen representadas las pequeñas y medianas empresas, y otro para los menores de edad, y otro para los vegetarianos, y otro para ....... No. Este no es el concepto de igualdad que yo tengo en la cabeza ni el que siento en lo más profundo de mi ser. Me duelen las mujeres pero no comulgo tampoco con la discriminación positiva. Confío mucho más en ellas y en su capacidad que en el porcentaje matemático y en la paridad. 

miércoles, 25 de octubre de 2017

Mi derecho a la autodeterminación

Desayunamos, comemos y cenamos inmersos en Cataluña, rodeados por todas partes de procés independentista. Antes de abrir los ojos ya estamos empachados de esteladas que se cruzan con banderas españolas y por la noche no nos dejan dormir las imágenes de Puigdemont y Rajoy taladrándonos el cerebro con la locura del 155. Como Jordi Évole y como tantísimos catalanes, estoy deseando levantarme sin sobresaltos, olvidarme de las semanas decisivas y dejar de vivir días históricos para empezar a vivir otra vez días menos trascendentes y estupendos.

Estoy convencido de que en este asunto, como en casi todos, las verdades a medias distorsionan y dificultan la comprensión de la realidad. Y los porrazos, las lágrimas y el fanatismo del 1-O son consecuencia del manoseo subrepticio de un concepto tan cándido como el del derecho a decidir. ¿Tenemos derecho a decidir?

En principio nadie puede estar en desacuerdo con que la gente piense por sí misma y concluya decidiendo lo que le parezca más acertado. Es mensaje ganador. Todo el mundo lo puede comprar. Por eso se ha restregado hasta a saciedad por todas las televisiones europeas el agravio comparativo entre la violencia desatada por las fuerzas del orden y la inocencia de un papel como arma para defenderse de los porrazos, o la candidez de una simple urna enfrentada a la contundente agresividad de una carga policial.  Pero en el fondo es un hábil eufemismo, un truco mediático bien utilizado para lograr un objetivo enmascarando lo que no se quiere dejar ver.

El derecho a la autodeterminación hay que ponerlo encima de la mesa y tenerlo en consideración. Por supuesto. Hay que estudiarlo. Todo merece una reflexión, todo merece un diálogo. Pero por delante ha de anteponerse la obligación de no hacer trampas. Las reglas de juego han de ser las mismas para todos. Habría que saber si después de que Cataluña se independizase, Puigdemont  aceptaría que se hiciese valer el derecho a la autodeterminación por parte de alguna provincia del territorio catalán. ¿O ese derecho no es universal? ¿Es solamente para los catalanes pero no para los  ilerdenses? ¿Hay que dividir la sociedad en colectivos más o menos privilegiados, más o menos afines? ¿Qué pasaría si en las próximas elecciones la provincia de Tarragona votase que quiere seguir siendo española? ¿Podría independizarse de Cataluña? Y más aún, ¿por qué ese derecho no es extrapolable a colectividades menores? ¿Y si pasa lo mismo con una comarca de Barcelona o un pequeño pueblo de Girona? ¿Qué se independicen? ¿O el derecho a la autodeterminación solamente es válido para grandes colectividades?

Sinceramente, me gustaría saber lo que contestaría Puigdemont pero mientras tanto, a mí, en principio no hay quien me quite de la cabeza que esto es una locura. Por eso voy a ejercer mi derecho a la autodeterminación, apago la tele, dejo aparcado el procés y me voy a tomar una caña.

lunes, 7 de noviembre de 2016

En busca del resultado esperado

Estuve haciéndole una visita a mi amigo Ángel en el hospital donde trabaja en la recuperación de un traspiés vital, una de esos golpes bajos del destino de los que cuesta zafarse. Reconozco que me acerqué ya asustado al centro sanitario y que una vez allí me iba encogiendo más y más al dirigirme por aquellos pasillos que irradian solemnidad y huelen a trascendencia hacia un objetivo lleno de interrogantes, al que tienes que aproximarte guiándote por carteles implacables que señalan la dirección  de un destino que impresiona: “Daños cerebrales”.

Posiblemente sea una imperdonable herejía o cuando menos una falta de decoro decir abiertamente que lo encontré muy bien. Pero lo digo. La delicada situación que atraviesa y las enormes limitaciones que condicionan su actualidad no son suficientes para empañar la transparencia de su mirada cristalina ni para desdibujar un ápice su autenticidad. Sigue siendo muy Ángel éste que nos recibe ahora en la silla de ruedas, incluso es más Ángel si cabe, diría yo. Es verdad que solamente articula algunas palabras de difícil interpretación y que tiene una movilidad muy mermada, pero mantiene intacta su insaciable curiosidad, las ganas inacabables de aprender, sigue con la misma inquietud por empaparse con el entorno, continúa interpretando con acierto lo que sucede a su alrededor y reacciona con la misma celeridad que antes a los estímulos sonoros y visuales. Dentro de la seriedad habitual que le caracteriza desde siempre y con las dificultades incuestionables para hacerse entender, tiene golpes expresivos irónicos, derrocha simpatía y sonríe con la misma franqueza de toda la vida.

Las cuatro personas que estábamos con él nos despedíamos al finalizar el tiempo de visita. Sus primos, yo y finalmente su Anita le dimos un abrazo. Él, tras este último, le hizo un gesto con la mano izquierda a Ana para que se acercase y cuando se aproximó para escucharle le dio un beso. Pensamos inicialmente que era eso lo que quería pero, no conforme, volvió a repetir el mismo gesto y ella volvió a acercarse. Esta vez Ángel le plantó un besazo en los morros. Tras el lance, pletórico, miró a las enfermeras primero y después a nosotros, levantó al aire su mano izquierda uniendo el pulgar y el dedo índice en un inequívoca señal de satisfacción por el resultado conseguido y nos dedicó una sonrisa amplia, mirando orgulloso y con cierta chulería torera a los que alrededor de su silla esperábamos expectantes el desenlace de la secuencia.   

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Una huella apasionada

Me gustaba aquella chica. Y mucho, la verdad. Tenía que reconocerlo. Lo reconocía. Era una mujer preciosa. Lo tenía todo, elegante, desenvuelta, guapa, con un tono de voz susurrante pero convincente y una mirada sin fisuras que encandilaba. Los ojos llamativos, valientes, entrenados para el reto. Una maravilla de mujer, la compañera con la que todo el mundo sueña. Su cara me embrujaba, me atontaban aquellas facciones tan acertadas que invitaban a soñar. La veía con frecuencia, casi todos los días; la verdad es que conocía de memoria sus horarios y hacía lo imposible para que coincidiéramos.

Me gustaba mucho, pero me imponía mucho más. Bueno, no sé bien si ella me imponía o yo me escabullía. Me escudaba en que no encontraba el momento oportuno para dar el paso decisivo. Lo cierto es que nunca me había atrevido a nada; la veía desmesurada, inalcanzable. Debería de ser más osado, es verdad, pero parece como si hubiese algo poderoso que me frena, un muro invisible que nunca me he atrevido a franquear.

Sin embargo estoy convencido de que conseguiré superar mi timidez, sé que en cualquier momento lo lograré. Incluso podría hacerlo hoy mismo. ¿Por qué no? Tengo que ser fuerte. Tengo que lanzarme, tengo que conseguirlo. ¡Vamos! (Notaba que me crecía) ¡Vale la pena! El cielo puede ser tuyo. Atrévete. ¡Hazlo! Respiro hondo. Mi corazón enloquece. Trago saliva, me levanto del sofá y con paso resuelto me planto delante de ella. Tiemblo como un adolescente. Cierro los ojos y en silencio, con un cariño infinito, acerco mis labios a los labios de la presentadora. Sobre la pantalla del televisor queda para siempre la huella apasionada de mi atrevimiento. 

miércoles, 2 de marzo de 2016

Una estela inquietante

Miércoles, 1 de marzo 2016. Caminaba detrás de ella. Apenas un par de pasos nos separaban. No quería distanciarme demasiado. Había mucha gente a esas horas por la Gran Vía. La verdad es que era una rubia imponente y que el suave movimiento de sus caderas provocaba unos vaivenes en su vestido rosa que resultaban totalmente hipnotizadores. No sé por qué no le hice caso un poco antes. Nos acabábamos de cruzar hacía un rato. No eran ni las diez de la mañana y me ofreció amor eterno a cambio de unos euros. No le presté atención, pero al rato pensé que viajar al infinito por unos billetes no era nada caro y decidí seguir la estela inquietante de su falda. Al principio sin mucho convencimiento pero después de fascinarme con aquel bamboleo embrujador estaba seguro que la seguiría hasta el fin del mundo. Me atontaba el paso sensual de aquella preciosa mujer de piel dorada; podría perseguirla toda la vida.

Aquel cuerpo celeste dobló la esquina en la calle Valverde y yo sentí algo parecido a una puñalada en el alma dos segundos después. ¡No había nadie en la calle! Ni un rastro de la chica, ni una huella, nada. ¡Se había esfumado mi vida! En un instante absurdo había perdido para siempre mi eternidad. Me quedé embobado mirando la pared. Una pintada en rojo decía: “Si buscas el mar, piérdete”. Pasé el índice por las letras. Todavía estaba fresca la pintura. Me llevé el dedo a los labios. Sabía a carmín.

sábado, 27 de febrero de 2016

Pollito

Ana es segoviana. Y rubia, para más señas. Además, le hierve permanentemente la sangre dentro de un cuerpo más bien escaso aunque bien distribuido.

Anita se fue a caminar hace unos días con algunos amigos a la sierra madrileña. Lo hacen con ganas y con cierta frecuencia. Una inoportuna metedura de pata la dejó tirada a la vera del camino con la pierna hecha trizas. En un segundo la tibia, el peroné, el astrágalo y toda esa retahíla de huesos menores innombrables que llevamos alojados en el pie quedaron hechos trizas, exactamente igual que si hubieran caído en manos de un rottweiler. Paralizada, con el tobillo descerrajado, solamente el virtuosismo de los bomberos y un helicóptero diestro fueron capaces de conseguir, tras dura batalla, meterla en el quirófano para la reparación obligada.   

Su tamaño, su energía desbordante, su buena fe o una mezcla de todo, han propiciado que a alguno de sus allegados Ana le recuerde al encantador y desafortunado pollito antropomorfizado de los dibujos animados. De ahí a que te llamen Calimero hay un paso pequeño.

La vida de Ana, como la de todos, no es maravillosa. Trabaja muchas horas, no tiene las piernas tan largas como le gustaría, canta fatal en inglés, casi nunca tiene champán en la nevera y, para colmo, de vez en cuando se resfría. Un desastre. Sin embargo, Ana no es nada conformista, se resiste; es verdad que se desanima cuando le toca, pero disfruta viviendo su vida con toda intensidad. No le encuentro yo mucho parecido con Calimero.

El otro día fui a hacerle una visita en medio de la crisis. Casi inmovilizada con la pierna izada sobre el sofá, hablaba por teléfono del percance con una amiga. Accidente, fracturas, evacuación aérea, bomberos, fotos, sirenas, ambulancia, quirófano, clavos. El relato era minucioso y extenso. Sin dramatismo y sin dejar de mirarnos, Ana activó el altavoz para posar el móvil en la mesita que había a su lado. El contenido de la conversación pasó a ser entonces de audiencia pública y las altisonantes palabras de su amiga resonaron categóricas por las paredes de la habitación: ¡¡¡Joder, pollito, la que has liado!!!

martes, 3 de marzo de 2015

Crecimiento insostenible


A las 00:00 introducimos en un tubo de ensayo una bacteria que se duplica cada minuto. A los dos minutos hay cuatro bacterias y así sucesivamente hasta que a las 01:00 el tubo de ensayo está lleno de bacterias. Es el colapso. Se acabó. 

Un dato importante: tan sólo 1 minuto antes del colapso, a las 00:59, las bacterias sólo ocupaban la mitad del tubo de ensayo. Cuando ha transcurrido el 99% del experimento nadie aprecia nada preocupante. 

¿En qué momento las bacterias se darían cuenta de que el crecimiento es insostenible? A las 00:58 las bacterias ocupaban el 25% del tubo y a las 00:57 tan sólo un 12,5%. Es de suponer que si a las 00:55 cuando se había llenado solamente un 3,125% del tubo, una bacteria dijera que había un problema de crecimiento sería el hazmerreír de las demás. Le tacharían de provocadora y de alarmista: casi el 97% del tubo estaba vacío. Pero la realidad es que tras 55 minutos de bienestar tan solo quedaban 5 para que la vida se agotase. 

Ahora supongamos que a las 00:58, tras darse cuenta de que algo no va bien, algunas bacterias inquietas se salieran del tubo y regresaran con otros tres tubos de ensayo. Se habría acabado el problema: ¡3 planetas enteros como el original por explotar! Pero…, a las 01:00 el tubo original estaría totalmente colapsado, a las 01:01 el segundo tubo también y a las 01:02 ¡los 4 tubos estarían llenos! Al cuadruplicar la cantidad de recursos sólo se ganan 2 minutos si el crecimiento continua al mismo ritmo.  

(Este experimento fue descrito por el activista ambiental David Suzuki en 1986. ¿Cuánto falta ahora para el colapso?)