miércoles, 2 de enero de 2013

Sin fin del mundo


Al final no acertaron los mayas. Hoy es 3 de enero (3.1.13). Atrás queda, sin más quebrantos que las expectativas que había creado, el tan esperado 21 de diciembre (21.12.12). Ya llevamos no sé cuantos intentos fallidos. Cada cierto tiempo alguien asegura que ha llegado la hora definitiva, que nos preparemos porque el momento estelar se acerca y vamos a poder ser testigos de un acontecimiento único, nos convertiremos en privilegiados espectadores del tan esperado fin del mundo. Pero la Tierra no llega a inmutarse, imperturbable desde hace 4.000 millones de años, no para de dar vueltas. O bien en el momento definitivo no aparece el encargado de dar el pistoletazo de salida, o falla el que tiene que encender la mecha de la traca o el presentador del evento se queda dormido. El caso es que, por unas cosas o por otras, nunca podemos presenciar el anhelado numerito del gran desastre final. Se ha intentado sin acierto por diferentes medios, pero no acaba de producirse ese cataclismo planetario con el que los visionarios nos quieren ilusionar. En su momento se pensaba que tal vez el gran espectáculo de luz y sonido se podría lograr con un alineamiento de los planetas que produjese efectos fatídicos al cosmos pero, aunque llegó a anunciarse a bombo y platillo, ya se comprobó desde los primeros ensayos que los planetas no tenían las cualidades requeridas para afrontar un reto de esas características. También se pretendió animar al personal haciéndole ver que podrían presenciar el gran evento de un asteroide gigante impactando contra la Tierra, pero el público se cansó de esperar y dejó de prestar atención. Tampoco se han rematado como se hubiera querido las apocalípticas predicciones de Nostradamus que nos habrían deparado convertirnos en un montón de añicos repartidos por el espacio sideral. Un desastre de predicciones. Nada de nada. Ni siquiera los movimientos que con ahínco hemos inducido en los polos magnéticos han logrado el cambio fatal en el eje de rotación de la Tierra que nos permitiría salir despedidos de nuestra órbita hacia los espacios infinitos. Para colmo, la frustración más reciente de nuestras esperanzas apunta a que los chamanes mayas no han sabido leer adecuadamente lo que ponía en esa piedra grabada de El Tortuguero (Tabasco), por culpa de lo que el 21 de diciembre no se produjo el black out del planeta ni ningún otro sobresalto reseñable. 
No hay manera, vamos a tener que seguir esperando. Ahora, un concilio de agoreros, un senado de científicos de renombre quiere que alimentemos nuevas esperanzas. Asegura con rotundidad absoluta que el cataclismo cósmico, el inevitable y auténtico fin del mundo se producirá sin remedio cuando estalle el sol y la consecuente explosión cósmica achicharre el planeta Tierra y las fincas adyacentes. Ya podemos empezar a sacar las entradas si no queremos perdernos el nuevo espectáculo. El único problema es que el ansiado acontecimiento tendrá lugar dentro de unos cinco mil años, siglo arriba, siglo abajo, y posiblemente la mayoría de nosotros estemos ya entonces demasiado mayores para seguir interesados en el mundo del espectáculo.

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