sábado, 16 de mayo de 2020

Cuidémonos o murámonos

Lo normal era "hasta la vista" o "nos vemos pronto". Ahora siempre decimos "cuidaros mucho". Y es que los tiempos son complicados. Hace falta no caminar a ciegas, no despistarnos y mirar con cautela dónde pisamos. En esta andadura que afrontamos tenemos la suerte de haber aprendido bien la lección; todos sabemos cuánto mide un metro y medio y cómo tenemos que lavarnos las manos.

Nos han adoctrinado adecuadamente en la adopción de nuevos hábitos higiénicos pero desgraciadamente no parece que nadie se haya esmerado en darnos un curso intensivo para la adopción de nuevos hábitos morales, que en estas circunstancias delicadas nos pueden salvar la vida. Son pedagogías complicadas, actitudes menos asumibles, hábitos más difíciles de inculcar, pero conseguir introducirlos entre la población y de forma muy especial entre la clase política, sería enormemente beneficioso para afrontar con éxito el tiempo que nos espera y para acercarnos acertadamente al ansiado bienestar social. Avanzaríamos mucho en cordura colectiva si no invirtiésemos tantos esfuerzos en lograr que el mundo se entere de los pequeños errores que ha cometido el vecino y aprendiésemos a aplaudir los grandes aciertos del contrario en beneficio de la colectividad. Pero ni nos lo han inculcado ni predicamos con el ejemplo.

En nuestras manos está el continuar con esta miseria moral en la que nos movemos, esparciendo odio a diestro y siniestro y escupiendo intolerancia a todas horas, o aprovechar para plantearnos otra forma más humana de desescalarnos verdaderamente, buscar algún arrebato de sensatez colectiva que nos permita salir del hoyo inmoral en el que nos hemos metido o promover algún cultivo de lucidez masiva que consiga iluminar este pozo cada vez más siniestro en el que nos hundimos. Sería la única manera de evitar que finalmente nos extermine la pandemia mortal que nos puede venir encima tras el desconfinamiento. Solo así impediremos que nos asfixie definitivamente la cuarentena a la que nos condena ese otro virus maligno, mucho más dañino y más contagioso, que es el odio. Tenemos que conseguir evitar la propagación de la intolerancia, que los otros sean de una vez parte de nosotros, que no nos contamine la crispación, que sean la mesura y la racionalidad las que dominen el debate público. De no ser así estamos sentenciados a comprobar en cuanto salgamos a la calle que la nueva normalidad hacia la que caminábamos ilusionados era totalmente irrespirable, estaba completamente infectada con virus de intransigencia, mucho más letales que el Covid-19.

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