miércoles, 20 de mayo de 2020

Los nuevos revolucionarios

Al principio, cuando nos acababan de alarmar, cuando las calles olían a muerto y las puertas de las casas estaban clausuradas entre un mar de dudas, quise elucubrar sobre alguna cosa interesante que entresacar del pánico ambiental, posibles cambios de cara al futuro, acercamientos amigables entre planteamientos contrapuestos o alguna reflexión acerca de la ideología y la conciencia social. Mi amigo Jesús Torralba, de forma escueta, precisa y premonitoria me contestaba lacónico: “¡Cómo me gustaría creerte! ¡Qué miedo me da cuando se pase el miedo!” Siempre tan perspicaz, de nuevo el tiempo lo confirma. En cuanto dejamos unos metros atrás el miedo, la situación empieza a provocar ya un pánico atroz.

Durante todo el confinamiento se han ido calentando las redes sociales y radicalizando las posiciones. No solamente Vox levanta su dedo acusador contra el Gobierno, al que tacha sin miramientos de geratricida y de asesino, sino que el Partido Popular pasa a desintegrarse en una cadena salvaje de despropósitos (con ánimo de marcar diferencias respecto a Ciudadanos) y se sube al carro de las agresiones sin límite, de los insultos desmesurados y de la crispación. De por sí ya es grave la situación, pero lo peor es que cuando los que nos representan se portan de forma tan poco racional, tan exaltada y tan bruta, sus representados les emulan y la calle se llena de una locura incontrolable que termina en enfrentamientos tan fratricidas como ingratos. Hay forcejeos peligrosos en las caceroladas y se acallan los gritos de los insumisos a pedradas. 

Hoy, los nuevos revolucionarios no reclaman igualdad y fraternidad, lo que les duele es que el tal Simón no lleve siquiera corbata, que el ministro filósofo les obligue a quedarse en casa y que el socialcomunista que preside el país, en vez de preocuparse de ellos como se merecen, que para eso son la clase dirigente, pierde el tiempo empeñado en que los más desfavorecidos sobrevivan a la crisis. ¡Valiente imbécil! Y con esas razones revolucionarias se lanzan, a golpe de cacerola y con amenaza de golpe de estado, a reconquistar España. Un desvarío que da miedo. Avivan el incendio de la pandemia porque piensan que les va a ir mejor con las llamas que con las urnas. Un intento alocado de darle la vuelta a la historia con palos de golf. La revolución pija asalta los cuarteles pidiendo pan y libertad. Es el acabóse.

Para rematar, algunas presidentas cabales, políticas ejemplares donde las haya, arengan a las masas y se prodigan en advertencias amenazantes: “Que esperen a que la gente salga libremente a la calle, lo de Núñez de Balboa les va a parecer una broma”, dice una Ayuso risueña ante los medios. Y así, con esa altura de miras, va llenando de enemigos la acera de enfrente en la que hace un rato solo había gente con distintas opiniones. Es muy triste la imagen que está dando la presidenta madrileña. Más todavía es la bendición que obtiene del gran pilar popular, el ungido señor Aznar: “es una satisfacción que sufras el ataque de los hijos de Chávez”. Va bien la cosa. 

La ira de los partidos más reaccionarios (empezando por la que manifiestan impúdicamente sus dirigentes), desnortada, hambrienta de poder y con ansias de venganza a toda costa, es un grave problema para el país, si cabe —o sin ningún lugar a dudas—más grave que la que padecemos con la maldita pandemia. 

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