viernes, 4 de diciembre de 2020

Aprender a cambiar

 

Al final lo he descubierto. El problema de España no es el coronavirus ni la solución tiene que ver con el allanamiento de ninguna curva. La verdadera pandemia se llama "misoneísmo", una enfermedad que padecemos en alguna medida todos los humanos y la que realmente estamos obligados a superar. Ella es la culpable, la que causa todas esas tropelías en el Congreso y tanta crispación en la calle, la que hace que unos viejos militares pretendan que Franco siga vivo, la que produce los temblores que aquejan a Pablo Casado cuando alguien menta a Bildu, la que explica que Vox declare ilegítimo a un Gobierno salido de las urnas por socialcomunista, filoetarra y bolivariano, la que provoca que a Inés Arrimadas le parezcan aceptables unos presupuestos si y solo si no los apoyan los independentistas catalanes y vascos. 
El misoneísmo hace mucho daño porque genera en el ánimo una resistencia maligna a los cambios, un temor cancerígeno a lo que pueda venir. En román paladino viene a ser el miedo a lo desconocido. Nos negamos a aceptar cualquier cosa que cambie nuestras rutinas, que atente contra nuestros esquemas, no queremos asumir algo nuevo que ponga en riesgo aquello a lo que estamos acostumbrados y que, de alguna manera, nos sirve de apoyo. Nos cuesta aceptar que las cosas dejen de ser como eran. 
Necesitamos sobreponernos al misoneísmo, rehabilitarnos. Puede ser difícil curarse, pero hay que conseguirlo. Puede ser duro aceptar que Otegui hoy ya no sea un terrorista desalmado cuando ayer se dedicaba a matar. Nos crea dudas, nos produce desconcierto, pero hay que ganarle la batalla a la enfermedad. Este mundo global e interconectado  cambia con rapidez. Tenemos que asumir que ahora ya no podemos hacer la misma vida que antes de la pandemia, que los comunistas de hoy ya no dependen de Moscú ni son diablos con cuernos y rabo, que sus majestades los reyes también cometen tropelías punibles, que los jueces se equivocan, que España no es ya una unidad de destino en lo universal y que educar a los ciudadanos en valores éticos es más necesario que sancionarlos. Aceptarlo nos va a permitir sobrevivir. Las costumbres nos proporcionan tranquilidad pero el mundo es cambiante y cada vez a mayor velocidad. Es necesario perder el miedo al cambio, el odio a lo novedoso, librarnos de ese misoneísmo que nos agarrota y nos impide avanzar. Pretender que las cosas permanezcan como eran, es un grave error. 
Todos incorporamos hábitos, creencias y costumbres en nuestras vidas que quisiéramos que duraran eternamente, pero hoy más que nunca la eternidad dura un instante. Ese miedo a lo nuevo produce estancamiento. Más vale aceptar que todo se transforma que pasarnos la vida quejándonos de que las cosas no son como nos gustaría que fuesen. Cuanto más rápido se mueve el mundo más pronta debe ser nuestra respuesta. Para progresar es imprescindible interesarse por lo nuevo, inspeccionar caminos inéditos. O comenzamos ya la terapia para educarnos en esa disciplina del cambio o éste terminará por arrollarnos.

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