miércoles, 30 de enero de 2013

C'est la vie

Miércoles, 30 de enero de 2013. Acabamos de regresar de un viaje relámpago a París. Una excursión multitudinaria de tres días con intereses variopintos, que se concretó en un pateo desaforado, para tratar de regresar mínimamente impregnados de la grandeur de la France y del brillo cosmopolita que desprende la ville lumière, aunque conscientes de que un viaje tan fugaz a una ciudad tan intensa, deja por fuerza sin cubrir un sinfín de expectativas.
A la ida, en Barajas, la inconfundible maestría de Carlos Cano nos contagiaba su embrujo. À París mon coeur s'en va.
Al regreso, para Marina el Sena se había convertido en un estupendo analgésico. El viaje supuso un paréntesis de tranquilidad, arropada por sus amigos del alma, al abrigo del frío del momento. En los días recientes, su contagiosa alegría espontánea se enturbia a ratos con el declinar irremisible de su madre anciana. María, con los pies destrozados, vuelve entusiasmada de París gracias al aroma especial de ese glamour embriagador del que ha podido disfrutar callejeando por el Triangle d'Or, en la Place Vendôme y en otros muchos lugares emblemáticos de la ciudad. Chus, a dos pasos escasos de la prejubilación, regresa rejuvenecida después de haberse extasiado, como una adolescente enamorada, con la noche estrellada de Van Gogh. Margarita lo hace dispuesta a regresar en el momento adecuado a la Place de l'Opéra, para disfrutar a placer de un paso a dos en el escenario incomparable del majestuoso Palacio Garnier. Teresa dejó sus ojos rendidos ante las vidrieras de la catedral de Nôtre Dame y su tiempo francés enganchado entre las imponentes manecillas del reloj gigante que domina la reconvertida estación d'Orsay. Matilde se soltó descaradamente la melena delante de la police, pegando gritos a destajo por el célebre boulevard Saint Germain, en favor de l'égalité de derechos para los homosexuales, Lalo se entretuvo inútilmente buscando razones científicas que avalasen las irregularidades geométricas con las que el reloj de sol del obelisco de Luxor marca las líneas horarias sobre el pavimento de la Place de la Concorde. Lola, por su parte, una vez en tierra, celebra con alborozo su convencimiento de haber ahuyentado definitivamente de su vida el fantasma del miedo a volar. París tiene atractivos sobrados para repartir a espuertas y de todos los colores. Yo, personalmente, de este viaje, sin ningún lugar a dudas, me quedo con Manolo.
Manuel Rodríguez Torres, el hermano menor de Marina, hace años le dio plantón a su trabajo estable y a su vida madrileña organizada, para disponerse resuelto a caminar con sus dudas a la espalda, en pos de su inquietud. Y sus pasos, tras el quiebro vital, le llevaron a París. El tiempo allí le ha ido modelando como experto filósofo callejero, hasta convertirlo en un auténtico parisino de Albacete que sigue, incansable, tratando de encontrar su sombra perdida por alguno de los rincones de la ciudad. Hoy, más sano si cabe, más creativo y más marginado que nunca, con la mirada desafiantemente limpia y una envidiable sonrisa, expone sin tapujos su desarraigo y su atractivo existencial. Durante los fines de semana, rebusca sin desmayo en el marché aux puces de Montreuil, el llamado "rastro de los ladrones", películas potencialmente interesantes, música con posibilidades y libros curiosos escondidos entre montañas de cosas inútiles, para luego colocar su tesoro, un par de euros por encima, en casas de reventa y así poder pagarse la habitación de cinco metros cuadrados en la que vive y en la que sigue desenredando, con lucidez envidiable, la maraña en la que se van convirtiendo nuestras vidas. Todas las vidas.
París. C'est la vie, c'est comme ca.

miércoles, 16 de enero de 2013

Un frío de Enero


Miércoles, 16 de Enero de 2013. A eso de la una de la madrugada hacía un frío de muerte. Me tuve que subir el cuello de la cazadora y me encogí todo lo que pude, porque el escalofrío intenso que me recorrió la espalda nada más salir del metro anunciaba que no estaba la cosa como para andarse con tonterías. Debíamos de estar a cero grados, o menos. A los eneros de Madrid no les afecta para nada el cambio climático. Siguen siendo igual de crudos que siempre. Me consolé pensando que me faltaban solamente cinco minutos para poder estar en casa calentito. Pero aún había que pasarlos y se presumían gélidos. La noche te plantaba cara de manera despiadada. No había un alma en la calle. Eché a andar apurado con las manos en los bolsillos. La verdad es que había sido una cena divertida, una velada muy agradable. Teresa nos obsequió con un regalito musical que nos habían traído los Reyes. Estaba desbordante. Al fin embarazada, después de perseguirlo tanto tiempo. Esther vino con su nuevo chico, simpático a rabiar. Fer nos dio a conocer detalles de su próximo enlace. No es que le emocionase lo de casarse, era ya su segunda boda y además llevaba tiempo viviendo con su chica, pero le entusiasmaba hacerlo el 14 de abril. El azar le había regalado una fecha muy especial a un republicano convencido. Las pisadas apresuradas a mis espaldas me hicieron perder la concentración y enturbiaron mis pensamientos. Aceleré el paso y traté de recrearme nuevamente en los desenfadados galanteos de Fran con Flori, pero ya no pude. Al dejar López de Hoyos, la iluminación se había hecho más vaga y, en un momento, las calles se habían llenado de sombras que, ahora, se me apetecían un tanto siniestras. Por mucho que apuraba no conseguía distanciarme de aquellos dos chicos encapuchados que me seguían. Ya estaba llegando. En otro tiempo quizás no hubiera sido así, pero ahora reconozco que tenía miedo. Ni mi barrio es especialmente conflictivo ni yo soy aprensivo, pero estaba claro que me perseguían. En cualquier momento me asaltarían. Llevaba el llavero agarrado con fuerza dentro del puño y caminaba a paso ligero. De vez en cuando les oía intercambiar alguna frase corta, pero no conseguía entender lo que decían. Di la vuelta a la esquina y eché una carrerilla para subir sin que me alcanzasen las dos escaleras del portal. El tiempo justo para meter la llave en la cerradura, abrir y volver a cerrar la puerta. ¡Qué alivio! Una paz desacostumbrada me embargaba mientras esperaba el ascensor. Respiré hondo. Me daba la impresión de que flotaba, cuando aquel golpe en la cabeza me hizo perder el conocimiento. No lo sentí. No me dolieron ni los doce puntos de sutura ni los 87 euros que me mangaron. Lo único que me jodió fue que me quitasen aquel viejo reloj que había sido de mi padre.

martes, 8 de enero de 2013

Distinto martes de siempre

Martes, 8 de Enero de 2013. 06:30. Mi reloj vital me pone en marcha de manera automática, como todos los martes. Es noche cerrada. A tientas cojo el móvil para comprobar que mi reloj vital no me ha jugado una mala pasada. Me noto el cuerpo con cierta pesadez, parece que no he dormido demasiado bien. Me entretengo acurrucado haciendo un rápido repaso a la hora y cuarto que se me viene encima de manera inmediata antes de salir de casa. Me levanto sigilosamente para no despertar a Lola. Me ducho. Mientras me afeito, la radio se entretiene repitiendo lo mismo. Parece que es ayer, parece que es el mismo noticiario que cualquier día del año pasado. Es como si nunca pasara nada nuevo: Crisis, recortes, privatización, huelga de médicos, Rajoy tratando de vender lo que nadie quiere comprar y Messi recibiendo otra vez más el balón de oro. Lo mismo de siempre. Sólo una noticia me hace pensar que a pesar de las apariencias, las vueltas que da el mundo son cada día diferentes. Seguidores del 15-M y de la cultura libre ponen en marcha un nuevo partido político, el Partido X-Partido del Futuro. Propugnan una forma de hacer abierta, horizontal, transparente, cooperativa y respetuosa. Suena distinto. Esperanzador. ¡Las 07:22! Enciendo la cafetera y voy a vestirme. ¡Cómo corre el tiempo! He dejado la ropa preparada. Mis alumnos estarán ya camino del instituto desde sus respectivos domicilios. Todos los martes hacemos rituales parecidos en momentos similares desde diferentes puntos de la geografía madrileña para confluir en el aula 1.7 del Instituto Clara del Rey a las 08:15. Termino de acicalarme. Sin perder tiempo me preparo el café, tomo las pastillas de rigor, cojo las llaves y el móvil, me pongo la cazadora y cierro la puerta con cuidado. Son las 07:48. Vamos bien. La moto arranca sin problemas y yo soy consciente de que disfruto en el trayecto, a pesar del frío mañanero que, poco a poco, me va calando hasta los huesos. Cojo Padre Xifré, Corazón de María, giro en la rotonda, después a la derecha por detrás del edificio de IBM y a continuación a la izquierda en Padre Claret. Disminuyo la velocidad. Ahí, como todos los martes, al lado de la verja de entrada, están ellos, de charla, frotándose las manos, fumando, contándose los pormenores de las vacaciones. La historia se repite. Paso despacito a su lado. Casi puedo oír lo que hablan. Son las 08:09. Desde el primer momento el psicólogo me ha insistido en que las cosas dejan de ser iguales todos los días. Vuelvo a acelerar. No quiero llegar tarde a la consulta.

miércoles, 2 de enero de 2013

Sin fin del mundo


Al final no acertaron los mayas. Hoy es 3 de enero (3.1.13). Atrás queda, sin más quebrantos que las expectativas que había creado, el tan esperado 21 de diciembre (21.12.12). Ya llevamos no sé cuantos intentos fallidos. Cada cierto tiempo alguien asegura que ha llegado la hora definitiva, que nos preparemos porque el momento estelar se acerca y vamos a poder ser testigos de un acontecimiento único, nos convertiremos en privilegiados espectadores del tan esperado fin del mundo. Pero la Tierra no llega a inmutarse, imperturbable desde hace 4.000 millones de años, no para de dar vueltas. O bien en el momento definitivo no aparece el encargado de dar el pistoletazo de salida, o falla el que tiene que encender la mecha de la traca o el presentador del evento se queda dormido. El caso es que, por unas cosas o por otras, nunca podemos presenciar el anhelado numerito del gran desastre final. Se ha intentado sin acierto por diferentes medios, pero no acaba de producirse ese cataclismo planetario con el que los visionarios nos quieren ilusionar. En su momento se pensaba que tal vez el gran espectáculo de luz y sonido se podría lograr con un alineamiento de los planetas que produjese efectos fatídicos al cosmos pero, aunque llegó a anunciarse a bombo y platillo, ya se comprobó desde los primeros ensayos que los planetas no tenían las cualidades requeridas para afrontar un reto de esas características. También se pretendió animar al personal haciéndole ver que podrían presenciar el gran evento de un asteroide gigante impactando contra la Tierra, pero el público se cansó de esperar y dejó de prestar atención. Tampoco se han rematado como se hubiera querido las apocalípticas predicciones de Nostradamus que nos habrían deparado convertirnos en un montón de añicos repartidos por el espacio sideral. Un desastre de predicciones. Nada de nada. Ni siquiera los movimientos que con ahínco hemos inducido en los polos magnéticos han logrado el cambio fatal en el eje de rotación de la Tierra que nos permitiría salir despedidos de nuestra órbita hacia los espacios infinitos. Para colmo, la frustración más reciente de nuestras esperanzas apunta a que los chamanes mayas no han sabido leer adecuadamente lo que ponía en esa piedra grabada de El Tortuguero (Tabasco), por culpa de lo que el 21 de diciembre no se produjo el black out del planeta ni ningún otro sobresalto reseñable. 
No hay manera, vamos a tener que seguir esperando. Ahora, un concilio de agoreros, un senado de científicos de renombre quiere que alimentemos nuevas esperanzas. Asegura con rotundidad absoluta que el cataclismo cósmico, el inevitable y auténtico fin del mundo se producirá sin remedio cuando estalle el sol y la consecuente explosión cósmica achicharre el planeta Tierra y las fincas adyacentes. Ya podemos empezar a sacar las entradas si no queremos perdernos el nuevo espectáculo. El único problema es que el ansiado acontecimiento tendrá lugar dentro de unos cinco mil años, siglo arriba, siglo abajo, y posiblemente la mayoría de nosotros estemos ya entonces demasiado mayores para seguir interesados en el mundo del espectáculo.

El enano y yo

  Dicen algunas de las personas que me conocieron en mis años mozos que yo era guapa. Yo nunca lo pensé. Ni guapa ni fea, todo lo más con &q...