Sombras perturbadoras se van apoderando de la tarde. De un momento a otro vendrán a por mí. Se acaba el tiempo. Se presentarán uniformados, serios, con los informes bajo el brazo y la mirada escrutadora para apreciar en detalle mi reacción. Desde la puerta me invitarán amablemente a que les acompañe. Es muy difícil evadirse en estas circunstancias, alejarse, volar, escabullirse a dónde sea, burlar a esa parca dueña de nuestros destinos que nos persigue incansable por todos los rincones de la vida. Doy vueltas y más vueltas. Me siento otra vez en la única silla. Trato de hacer ejercicios de respiración profunda, distraerme. He leído cosas acerca de los beneficios de la meditación, esa introspección mágica que te ayuda a desvincularte del entorno. "Lo mejor que se puede hacer cuando tenemos un problema es vivirlo". Me martillea el cerebro. ¿Cómo no vivirlo si no puedes sortearlo? Trato de concentrarme en el torrente de aire entrando y saliendo de mis pulmones. Inútil, aguanto poco. Me revuelvo. Me levanto de nuevo. Recorro pasito a pasito los tres metros de habitación. Me paro ante el crucifijo. Es una imagen en la que ni reparamos. Nunca la ponen a nuestra altura, siempre más alta. Un error —pienso—, nos aleja. Y que tengamos que levantar la vista no proporciona más autoridad. Imagino a muchos suplicantes aquí. Y a muchos a los que habrá servido de consuelo. Desgraciadamente no es mi caso. Dejo al Cristo crucificado. Retomo los paseos rutinarios vuelta y vuelta. Oigo pasos. Cada vez más fuertes. Es terrible. Llega la hora. Se abre la puerta y para mi sorpresa no me altero. ¿Estoy resignado? No lo creo, nadie afronta esto con naturalidad. El operario, uniformado de verde, serio y con mascarilla, se planta en el umbral. Bajo el brazo una carpeta transparente llena de papeles. Echa una rápida ojeada al folio que lleva en la mano. Ha leído el pánico en mi rostro."No se preocupe, José Luis, no se va a enterar, esto es muy rápido". Me quiere tranquilizar. "Acompáñeme. El cirujano ya le está esperando en el quirófano".
Un rincón amigo en el que ir soltando pensamientos variados, desvaríos circunstanciales y otras tonterías mil, al objeto de ahorrame la pasta gansa que, de no ser por este refugio, tendría que pagarle al psiquiatra
sábado, 20 de febrero de 2021
miércoles, 10 de febrero de 2021
Un virus en el campamento
La lección magistral que estamos obligados a llevarnos bien aprendida antes de que se de por terminado este curso intensivo en el que nos han obligado a matricularnos para superar el examen del coronavirus, es que la solidaridad no tiene nada que ver con la caridad ni con el buenismo. Hoy por hoy ser solidario es sencillamente una cuestión de inteligencia. El primer capítulo del nuevo manual de supervivencia que tenemos que aplicar empieza así: "Mientras no tratemos a todo el mundo por igual estamos perdidos". Quedas automáticamente suspendido si pretendes aplicar el viejo método del sálvese quien pueda. Ya no está en vigor. Retirado del mercado, no funciona.
La pandemia ha puesto en evidencia que cuando se trata de cuestiones importantes no valen ni los muros de Trump ni las caceroladas del barrio de Salamanca. No existen fronteras ni clases sociales. Todos iguales. Una lección magistral a cargo del enmascarado coronavirus, el auténtico demócrata, el referente político para el futuro inmediato. Nadie puede salvarse si no se salvan los demás. Tenemos que vacunarnos todos. Incluidos los dominicanos de mi barrio, los ancianos y los niños, los Menas, los homosexuales, los que han llegado en patera, las prostitutas, los senegaleses de Lavapiés y los gitanos de la Cañada Real. Todos. También los africanos de África y los sudamericanos de Sudamérica.
El mundo ha dejado de ser hace tiempo un conjunto de aldeas desperdigadas por su superficie. El planeta es hoy un campamento global en el que estamos todos refugiados. Y la amenaza del bicho nos obliga a pensar. Tenemos que decidir ya si seguimos adelante todos unidos, si nos liamos a caceroladas contra esta sociedad global y estúpida en la que nos hemos metido o si preferimos aislarnos eternamente del mundo tras el muro de Trump para subsistir. Es una reflexión definitiva, un examen fundamental. A los pensadores políticos de la aldea se les exige un notable alto. Nadie con dudas en este tema debería guiarnos hacia el futuro. Nuestra supervivencia depende de ello.
domingo, 7 de febrero de 2021
La pandemia del sálvese quien pueda
Allá por el mes de diciembre, cuando empezábamos a tener cercano el horizonte con un posible final de la angustia coronavírica gracias a las vacunas, parecía que el gran problema era que se extendiese entre la población la bandera negra del miedo que agitaban algunos iluminados para no ponerse la vacuna. Los expertos pensaron que la principal dificultad a la que se enfrentarían era el rechazo a las vacunas que se esparcía por las redes sociales. Lo que nunca imaginaron era que se produjese una gran ola de comportamientos inmorales. Nunca supusieron que el gran peligro radicaba en el egoísmo, en la poca honradez y la falta de moralidad de mucha gente. Un error quizá propiciado por creer que somos buenos por naturaleza y que la pandemia, además, habría conseguido inculcarnos valores importantes, valores tan fundamentales para la sociedad actual como pueden ser la solidaridad o el sentido común.
Pero no era así y se comprobó de inmediato que mucha gente sigue tentada a saltarse la cola. Ahora, las personas que se vacunan a hurtadillas, de espaldas al protocolo establecido, las que roban la vacuna a los más vulnerables, las que han abusado de su cargo político o jerárquico, en la iglesia, el ejército, la consejería o el ayuntamiento, deben dimitir o ser cesados de inmediato. Y debemos de obligarles a irse ya, no solo por ser unos corruptos o por su falta de ética y de pudor democrático, sino fundamentalmente porque no son el tipo de personas que queremos como responsables de lo público. Han demostrado que para ellos lo público, lo de todos, está muy por detrás de sus propios intereses. Quitarlos de ahí quizás sea la única forma de ayudar a encontrar una vacuna moral que nos inmunice contra esta pandemia impúdica del sálvese quien pueda que ataca a nuestra sociedad.
martes, 8 de diciembre de 2020
Falsos demócratas
Vamos a aceptar que es normal que los diputados conservadores del Congreso no estén de acuerdo con los presupuestos de un Gobierno progresista (por muy interesantes que puedan ser) y que voten en contra de su aprobación, pero no parece razonable que los desprecien por inaceptables si huelen que también les vaya a dar su voto afirmativo otro partido con el que no comulgan.
Vamos a aceptar que es normal que a algunos, del partido que sean, no les guste que el PSOE se haya aliado con Unidas Podemos para formar Gobierno, pero no parece razonable que de esa alianza se concluya que el Gobierno es ilegítimo, que el sanchismo es fascismo y Sánchez un golpista.
Vamos a aceptar que es normal que haya gente que entienda que el Gobierno no ha estado acertado con la gestión de la pandemia, que se ha acelerado el desconfinamiento y que debía haber hecho pública la lista de expertos que le asesoraban, pero no parece razonable que la conclusión a la que se llegue por ello sea que el presidente del Gobierno es un asesino.
Vamos a aceptar que es normal que entre los oficiales retirados de las Fuerzas Armadas abunden los conservadores, lo mismo que podemos presumir que entre los profesores de filosofía haya muchos progresistas o entre los agentes forestales muchos ecologistas. Pero no parece ni medianamente razonable que se dirijan al Jefe del Estado instándole a que promueva un alzamiento nacional porque la democracia actual no es como debería ser.
Vamos a aceptar que es normal ser demócrata, pero lo que no vale es ser demócrata si y solo si los que están ahí hacen la política que nos gusta. O nos regimos por los principios democráticos o (como Groucho Marx) tenemos otros por si acaso. Si los políticos no actúan como tú quieres no les votes, pero no debes concluir por ello que la democracia es algo con lo que hay que acabar.
Algunos piensan que "si el actual gobierno ha ganado las elecciones es porque ha habido fraude, ya que es metafísicamente imposible ganar unas elecciones siendo enemigos de la libertad, de la decencia, de la democracia y de España". Pueden pretender e incluso presumir de que piensan así porque son demócratas. Pero no. Son otra cosa.
domingo, 6 de diciembre de 2020
De allegados y vacunas
No importa mucho ahora esa cifra de fallecidos diarios que nos regalan los informativos mientras comemos. Ya ha pasado a segundo plano, estamos casi anestesiados. No importan ni los contagios ni los muertos que la pandemia nos pone encima de la mesa, ni las familias que destroza el virus cada día, lo importante es que el Gobierno nos diga si se atreve o no a prohibirnos disfrutar de unas Navidades como Dios manda. Y el Gobierno nos sale con aquello de los allegados. ¡Valiente estupidez! Otra metedura de pata por su parte porque así no podrá impedir que nos reunamos con quien nos venga en gana. Y tampoco podrá comprobar si somos ocho o doce a cenar en Nochebuena porque la ley no les permite entrar en nuestras casas así como así. Es verdad. Este Gobierno comete con frecuencia el error de pensar que los ciudadanos somos sensatos y dueños de una racionalidad suficiente como para actuar éticamente, haciendo caso de las recomendaciones, sin necesidad de que nos impongan por ley ser responsables.
Sería fantástico esperar que no fuese necesario que nos obligasen por la fuerza a ser honestos, que se hiciesen las cosas adecuadamente sin necesidad de que sean publicadas en el Boletín Oficial, hacerlo bien no por miedo a la sanción sino por disponer de un arraigado sentido ético que nos empuje a actuar con corrección.
Alguna polémica similar se avecina con el tema de las vacunas. Al margen de los negacionistas, que atentan contra la racionalidad de la ciencia, ya hay muchas personas normales que dicen que no quieren vacunarse o que mantienen reticencias, que prefieren esperar lo máximo posible para saber qué efectos producirán en los que sí lo hagan. Y vuelve a surgir el tema de si imponer por ley la obligatoriedad de vacunarse o anteponer la libertad de elección y que cada cual acuerde consigo mismo si debe o no hacerlo. En definitiva se trata de decidir si se puede permitir o no una objeción de conciencia a la vacunación sabiendo que no hacerlo entraña serios peligros para la salud pública. Nuevamente la ley frente a la moral.
Lo ideal sería no tener siquiera que plantearse la obligatoriedad, pensar que somos suficientemente maduros y vamos a actuar éticamente pensando en que no es nuestra vida sino la de nuestro seres queridos y la de miles de ciudadanos lo que está en juego.
Que no nos obliguen, que no nos lo impongan, confiemos en nuestra solidaridad. Que sea nuestra conciencia social y nuestra ética las que consigan salvar nuestras vidas y las que se apunten el éxito de acabar de una vez con la pandemia.
viernes, 4 de diciembre de 2020
Aprender a cambiar
Al final lo he descubierto. El problema de España no es el coronavirus ni la solución tiene que ver con el allanamiento de ninguna curva. La verdadera pandemia se llama "misoneísmo", una enfermedad que padecemos en alguna medida todos los humanos y la que realmente estamos obligados a superar. Ella es la culpable, la que causa todas esas tropelías en el Congreso y tanta crispación en la calle, la que hace que unos viejos militares pretendan que Franco siga vivo, la que produce los temblores que aquejan a Pablo Casado cuando alguien menta a Bildu, la que explica que Vox declare ilegítimo a un Gobierno salido de las urnas por socialcomunista, filoetarra y bolivariano, la que provoca que a Inés Arrimadas le parezcan aceptables unos presupuestos si y solo si no los apoyan los independentistas catalanes y vascos.
El misoneísmo hace mucho daño porque genera en el ánimo una resistencia maligna a los cambios, un temor cancerígeno a lo que pueda venir. En román paladino viene a ser el miedo a lo desconocido. Nos negamos a aceptar cualquier cosa que cambie nuestras rutinas, que atente contra nuestros esquemas, no queremos asumir algo nuevo que ponga en riesgo aquello a lo que estamos acostumbrados y que, de alguna manera, nos sirve de apoyo. Nos cuesta aceptar que las cosas dejen de ser como eran.
Necesitamos sobreponernos al misoneísmo, rehabilitarnos. Puede ser difícil curarse, pero hay que conseguirlo. Puede ser duro aceptar que Otegui hoy ya no sea un terrorista desalmado cuando ayer se dedicaba a matar. Nos crea dudas, nos produce desconcierto, pero hay que ganarle la batalla a la enfermedad. Este mundo global e interconectado cambia con rapidez. Tenemos que asumir que ahora ya no podemos hacer la misma vida que antes de la pandemia, que los comunistas de hoy ya no dependen de Moscú ni son diablos con cuernos y rabo, que sus majestades los reyes también cometen tropelías punibles, que los jueces se equivocan, que España no es ya una unidad de destino en lo universal y que educar a los ciudadanos en valores éticos es más necesario que sancionarlos. Aceptarlo nos va a permitir sobrevivir. Las costumbres nos proporcionan tranquilidad pero el mundo es cambiante y cada vez a mayor velocidad. Es necesario perder el miedo al cambio, el odio a lo novedoso, librarnos de ese misoneísmo que nos agarrota y nos impide avanzar. Pretender que las cosas permanezcan como eran, es un grave error.
Todos incorporamos hábitos, creencias y costumbres en nuestras vidas que quisiéramos que duraran eternamente, pero hoy más que nunca la eternidad dura un instante. Ese miedo a lo nuevo produce estancamiento. Más vale aceptar que todo se transforma que pasarnos la vida quejándonos de que las cosas no son como nos gustaría que fuesen. Cuanto más rápido se mueve el mundo más pronta debe ser nuestra respuesta. Para progresar es imprescindible interesarse por lo nuevo, inspeccionar caminos inéditos. O comenzamos ya la terapia para educarnos en esa disciplina del cambio o éste terminará por arrollarnos.
lunes, 30 de noviembre de 2020
Esa ministra atrevida
Es verdad que la ministra no es especialmente carismática y ahora, con la ley que pretende poner en marcha, a Isabel Celáa se le ha echado medio país encima. La mayor parte de las críticas se centran en que va a acabar con la enseñanza concertada, que quiere aniquilar el castellano y que es un ataque directo a la libertad de elección por parte de las familias. Son repetitivas máximas, recomendadas por los dirigentes contrarios a la misma y todo indica que son pocos los que se han leído la ley.
No parece inconveniente redireccionar el rumbo que iba arrinconando a la enseñanza pública frente a la concertada. Entre 2007 y 2017 el presupuesto de ésta había crecido un 25% mientras el de la pública lo hacía un 1,4%. Cualquiera debería estar de acuerdo en aspirar a una enseñanza pública bien valorada, bien retribuída, con medios adecuados y asequible para todos los ciudadanos. Respecto al teórico aniquilamiento del castellano, la única razón se busca en el apoyo de la nueva ley a las lenguas cooficiales, como exige la Constitución, y no se entiende fácilmente que haya tanta resistencia a que los alumnos gallegos se pueda expresar correctamente en su idioma.
Por último, la gran crítica a la ley es que atenta contra el derecho de los padres a decidir cómo educar a sus hijos. Se percibe que no se la han leído y en el fondo, se intuye que el ataque feroz no sea contra la ley sino contra la ministra osada que un día tuvo la desfachatez de decir que los hijos no pertenecían exclusivamente a sus padres. ¡Qué osadía! ¡Qué ley se puede esperar de una mujer así!
Al margen de la mayor o menor fortuna de la frase convendría analizarla sin sonrojo. No es ningún desatino pensar que nuestros hijos no nos pertenecen en exclusiva. Pertenecen también al resto de la familia, a su grupo de amigos, a los centros de formación, a su ciudad, a su país, a la sociedad en la que se desarrollan y al mundo en el que viven. Todo su entorno está implicado en su personalidad y a él también pertenece la criatura. Ese entorno ejerce de entrenador personal de nuestro hijo, le va a guiar en su trayectoria vital para que en la misma actúe y decida entre las diferentes alternativas que se le planteen. Si la escuela ha de educar para convivir, lo razonable sería pensar que los que vayan a vivir juntos se eduquen juntos al margen de su etnia, su sexo, su clase social o la religión familiar. Y no pensando que así se llevarán bien en el futuro, sino con la intención de que así puedan conocer cuanto antes los motivos por los que podrían llevarse mal y llegar a entenderlos.
Es lógico que los padres quieran transmitir a sus hijos los valores que consideren más interesantes, pero también parece lógico que no debieran negarles la posibilidad de acceder a otras opiniones que no sean las suyas, que les permitan conocer otros criterios diferentes, igualmente respetables. En el fondo, la educación sirve para formar a los niños de manera que puedan elegir si quieren ser como sus padres, si prefieren fijarse en otras referencias o si quieren inventarse su propia vida.
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En el fondo soy una privilegiada
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