sábado, 27 de febrero de 2016

Pollito

Ana es segoviana. Y rubia, para más señas. Además, le hierve permanentemente la sangre dentro de un cuerpo más bien escaso aunque bien distribuido.

Anita se fue a caminar hace unos días con algunos amigos a la sierra madrileña. Lo hacen con ganas y con cierta frecuencia. Una inoportuna metedura de pata la dejó tirada a la vera del camino con la pierna hecha trizas. En un segundo la tibia, el peroné, el astrágalo y toda esa retahíla de huesos menores innombrables que llevamos alojados en el pie quedaron hechos trizas, exactamente igual que si hubieran caído en manos de un rottweiler. Paralizada, con el tobillo descerrajado, solamente el virtuosismo de los bomberos y un helicóptero diestro fueron capaces de conseguir, tras dura batalla, meterla en el quirófano para la reparación obligada.   

Su tamaño, su energía desbordante, su buena fe o una mezcla de todo, han propiciado que a alguno de sus allegados Ana le recuerde al encantador y desafortunado pollito antropomorfizado de los dibujos animados. De ahí a que te llamen Calimero hay un paso pequeño.

La vida de Ana, como la de todos, no es maravillosa. Trabaja muchas horas, no tiene las piernas tan largas como le gustaría, canta fatal en inglés, casi nunca tiene champán en la nevera y, para colmo, de vez en cuando se resfría. Un desastre. Sin embargo, Ana no es nada conformista, se resiste; es verdad que se desanima cuando le toca, pero disfruta viviendo su vida con toda intensidad. No le encuentro yo mucho parecido con Calimero.

El otro día fui a hacerle una visita en medio de la crisis. Casi inmovilizada con la pierna izada sobre el sofá, hablaba por teléfono del percance con una amiga. Accidente, fracturas, evacuación aérea, bomberos, fotos, sirenas, ambulancia, quirófano, clavos. El relato era minucioso y extenso. Sin dramatismo y sin dejar de mirarnos, Ana activó el altavoz para posar el móvil en la mesita que había a su lado. El contenido de la conversación pasó a ser entonces de audiencia pública y las altisonantes palabras de su amiga resonaron categóricas por las paredes de la habitación: ¡¡¡Joder, pollito, la que has liado!!!

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