miércoles, 18 de diciembre de 2019

Atadura exagerada

No han sido ni veinticuatro horas pero lo he pasado fatal. Realmente no llevábamos tanto tiempo juntos, yo creo que ni un par de años, pero ahora, tras el trago, me doy cuenta de lo mucho que me anima su presencia, de lo que significa para mí saber que en todo momento me acompaña. No es romanticismo, es que he comprobado que si no está conmigo todo es diferente, mi vida se llena de sombras, me angustio, me invade una sensación tremenda de soledad y me cuesta trabajo hasta moverme. No consigo relajarme, me siento aislado, torpe, perdido, incomunicado. En ningún momento antes había sido consciente de la enorme dependencia, de lo mucho que le necesito y de lo complicado que se vuelve mi día a día sin su presencia, sin su cercanía incondicional, sin su disposición, sin su ayuda constante. Ni un reproche jamás, ni una queja. Nunca. Siempre a mi lado y para todo. Hasta ayer que se plantó. Todo cambió. Ni un mensaje, ni un WhatsApp, ni una llamada. Nada. Horrible. Han bastado unas horas, hemos tenido que vivir ese desencuentro absurdo para darme cuenta de todo lo que significa para mí. En el fondo —pienso— es probable que lo nuestro no sea una relación saludable. Algunos me dicen que hay algo de adicción, algo patológico, que es una atadura exagerada. ¿Yo enganchado? Jamás lo hubiera pensado. Puede ser que no me acostumbre fácilmente a su silencio pero no creo que mi vida careciese de sentido si le pierdo para siempre. Es verdad que me he olvidado de las claves, es posible que me haya despreocupado en exceso, que quizás no le haya prestado la atención ni los cuidados adecuados, pero pienso que tampoco era para tanto. Ni me siento responsable del percance. No tengo yo la culpa de que con los años me falle ya bastante la memoria y no dejo de pensar que aunque me facilite la vida en muchos sentidos, tampoco es Dios, es un simple móvil.  

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