Esta sociedad que nos hemos creado nos obliga a andar muy deprisa de un lado a otro y sin reposo. Tenemos que trabajar sin pausa, tenemos que llegar antes que los demás, tenemos que conocer todos los rincones del mundo, tenemos que divertirnos hasta reventar. Tenemos que hacer demasiadas cosas, cada día más. Y como la vida sigue siendo limitada hay que hacerlas más deprisa, cada vez más deprisa. La prisa es el motor de nuestras vidas y es un motor tozudamente acelerado. Nos empuja a correr desde que nacemos y ya no sabemos vivir si no es a un ritmo trepidante. Vivimos como si no hubiera mañana, todo tiene que ser inmediato por si acaso, lo que nos obliga a caminar siempre al galope. Un transcurrir sosegado no hay que asociarlo a un vivir insuficiente o insatisfactorio, pero resulta imprescindible para sentir nuestra vida equilibrada. Esta vida acelerada es forzosamente una vida superficial, una vida sin profundidad, sin detalles, que nos obliga a pasar por encima de nuestros días de puntillas, sin apenas pisarlos. Y lo trágico es que los días son únicos, habría que paladearlos, habría que vivirlos a cada momento. Desgraciadamente no tienen marcha atrás para poder revivirlos desde el sofá después de cenar con la tranquilidad que no les hemos dado en su momento.
Un rincón amigo en el que ir soltando pensamientos variados, desvaríos circunstanciales y otras tonterías mil, al objeto de ahorrame la pasta gansa que, de no ser por este refugio, tendría que pagarle al psiquiatra
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