sábado, 6 de julio de 2024

La mujer invisibilizada

Hoy he abierto por primera vez desde tu muerte mi correo de prensa y me he llevado una grata sorpresa. Me han escrito de Cabanillas para en primer lugar preguntarme cómo estás y en segundo preguntarnos si seguimos con la idea de exponer en ese bonito pueblo de Guadalajara. Llevaba varios días pensando en escribirle a Pilar, que es la encargada de coordinar las exposiciones, pero la verdad es que esta semana que va a finalizar he estado bastante apagada. Tanto papeleo, tanto sentirme ninguneada por las normas que rigen en esta comunidad madrileña, me han creado un abanico de sentimientos a cada cual más sofocante. Estoy más tranquila. Hoy en casa de tu maravillosa hija Delia estoy escribiéndote; a mi derecha  una triste y a la vez preciosa imagen: tú en la cama del hospital mirándola embobado y ella sonriendo con esa sonrisa tan bonita que tiene. Ayer cuando llegué y vi la foto, se la había regalado y enmarcado yo, tuve tentaciones de ponerla cara a la pared porque te traía a mi memoria en esos días en que cada vez los momentos felices eran más escasos. Pero al final la dejé donde estaba.

Me lío como las persianas. En realidad te iba a contar que tanto la de Cabanillas como Asun, me están poniendo las pilas para que empiece a retomar el tema de la exposición. Pocos instantes después de tu muerte me ilusionó mucho la idea de continuar con tu legado y llevarlo por todo el mundo. El respetable cabreo de no ser ni heredera de una de tus preciosas corbatas (dicho sea de paso ya he regalado dos), el tener que pelearme con mil y un escritos para demostrar que cumplo todos los requisitos de la mejor de las viudas, hizo que poco a poco tu imagen se fuera desvaneciendo, mi mente estaba ocupada y ofuscada por la injusta realidad de las parejas de hecho. Yo me preguntaba extrañada cómo te añoraba tan poco. No entendía nada. Hasta que de repente, un día, en el Notario éste dijo que tu estado civil en el momento de tu muerte era el de divorciado y el mío el de soltera.  Perdón, contesté yo,  éramos pareja de hecho. "Sí, pero eso aquí no cuenta". El fantasma del desamor se posó en mi cabeza como un pájaro de mal agüero:  ¿Quién era yo para ti? ¿Tan poco me querías que no te preocupaba mi futuro? Se me puso un nudo en la garganta y empecé a llorar a modo de catarata, sin poder parar. Poco a poco fue volviendo la sensatez a mi mente y afloró descarnado y sin disfraces el duelo que consciente o inconscientemente había escondido tras las peripecias de rescatar derechos o no derechos. Una mierda.

Ahora ya soy una triste viuda normal, sin herencia material pero con tristeza, una tristeza de la que a veces huyo escondiéndome en mi zona de confort; es decir, mi viejo loco, mis libros, mis películas de Netflix y de vez en cuando un empacho de helados que están consiguiendo que no solo sea una viuda desheredada sino también gorda e insufrible. 

Yo no quería hablar de mí, quería hablar de tu exposición, "Enfocando a la mujer invisibilizada", recuperar aquella ilusión de comisariar toda tu obra, hablar de ella y de ti, recordarte y mostrarte ante los que no tuvieron la suerte de conocerte como el hombre solidario que eras. En fin Josito, un abrazo grande y sentido allá donde estés. No te guardo rencor por no haberme hecho las cosas más fáciles. Siempre defendí esa grosera premisa de que además de ser un hombre maravilloso hacías pis y caca como todos los demás.  Me voy a poner guapa para ir al Generalife con tu hija, con la madre de tu hija y nuestros estupendos amigos de Madrid. Vamos a ver el Ballet de Lucía Lacarra. ¿Te acuerdas?, aquella maravillosa bailarina que entrevistamos en Peralada hace algunos años.

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