sábado, 2 de mayo de 2020

Mi bici desconfinada

Después de una eternidad larga me han permitido volver a verla. Cincuenta días confinada, arrinconada en el garaje, desatendida como la gente en los pasillos de los hospitales en pleno pico de la crisis y seguía estando preciosa. No ha necesitado que le hiciesen el test porque en ningún momento ha tenido síntomas de estar contaminada. Es verdad que la encontré algo desmejorada, aparentemente triste y un poco falta de aire, pero con buen aspecto y totalmente asintomática. Me dio a entender que se había sentido abandonada y un tanto desatendida, aunque por suerte no se ha contagiado ni ha perdido su encanto habitual.

La primera sensación al ponerme a pasear con ella es de un disfrute salvaje, de respirar todo el sabroso encanto de la libertad durante tanto tiempo eclipsada, de volver a ser seres completos, de reactivar sensaciones marchitas. Me doy cuenta de que en su compañía vivo con más ganas, siento que estoy más conmigo y con más brío. Un sabor placentero me aleja del maldito virus, del carcelero universal, del enemigo. Allá queda. La mañana es fresquita. Disfruto del roce del aire mientras circulo con mi bicicleta, me estremece esa caricia de aire frío mañanero deslizándose por mi cuerpo y por mi alma. 

Respiro a fondo, arranco muy despacio, paladeo el momento. Avanzo emocionado con las primeras pedaladas. Noto cómo va creciendo mi ánimo con el ritmo, cómo rejuvenece la sangre gracias a mi compañera. Nada nos interrumpe, no tropezamos con nadie, la soledad nos envuelve. Disfrutamos. Soy consciente de lo bien que me encuentro en tan buena compañía y de lo mucho que disfruto con poca cosa (¿o al hacerme disfrutar así ya no es tan poca?). Procuro centrar mi atención en la belleza del silencio que nos rodea. Pienso al final que es una suerte darnos cuenta de lo mucho que queremos todo aquello que queremos.

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